viernes, 14 de diciembre de 2012

Dile que se vaya.


Y abrí los ojos y allí lo vi. Era él. No paraba de mirarme. Su pelo rizado parecía haberse quedado tieso al haberme descubierto de entre mi escondite. ¿Qué hacía aquí?. Dile que se vaya.

Mi pecho cada vez se hinchaba más y más, el poco aire que me quedaba luchaba por entrar dentro de mí pero mis fuertes latidos parecían que lo ahuyentaban.


Cerré los ojos y ya no estaba allí; vuelve, vuelve. Me recorrió una fría sensación por la frente, pero mis manos habían tomado vida propia y se negaban a colaborar para conseguir descubrir que era aquello que me estaba intentando penetrar la mente. Cada vez era más fría, y un pequeño surco se estaba escavando más y más hondo, hasta que en un último momento, antes de llegar a que me devorara el cerebro, lo aparté. 

Era una simple gota de sudor asesina. Mi diafragma había bajado de nivel, parecía que se había posado sobre la mesa del descanso, hasta que le volví a ver, seguía en el mismo sitio.

Esta vez no iba a pestañear, no iba a conseguir que se marchara, le necesitaba tener vigilado para que no fuera capaz de realizar ninguno de sus malvados planes.


Pero cada vez la presión era más fuerte, y empezaba a sentir cosquilleos desde los pies a los lóbulos de las orejas.


Tic, toc, tic, toc, tic, toc. Mis latidos empiezan a coger el pulso del reloj, necesito ese beso salvador por el que sólo seré capaz de librarme de esta criatura.
Cojo aire, tanto que mis pulmones están a punto de estallar, trago saliva, enderezo mi figura y.........



-¡¡Mamááááaaaaaaaaaaaaa!!