Hoy es uno de esos días en los que sabes que te has levantado de la cama y que tus pies están tocando el frío suelo sin ninguna protección, pero que no sabes porque lo has hecho ya que en menos de una tres horas vas a volver dentro de ese “lugar protector”. Creo que es el único sitio donde de verdad puedo sentirme a gusto, es el único lugar dónde puedo hablar conmigo mismo con total libertad sin que nadie me preste atención.
¿Sabes lo que es sentirte “vacío por dentro”? De esta típica expresión había oído hablar más de una vez, pero nunca llegue a plantearme que se tratara de una realidad existente. Nunca me había pasado, ni había conocido a nadie que lo hubiera sentido. Pero, sí, desde ayer, doy fe de que existe. Si nunca lo has sentido ya puedes decir al menos que conoces a alguien que sí lo haya sufrido. Qué triste que sea yo, ¿no?
Me presento, soy alguien, no importa el nombre ya que se va a esfumar en el tiempo; al que le encantan las flores, tal vez esa pasión me la introdujo mi madre al pedirme que la ayudara en la floristería, o tal vez sea un simple hecho sin más. Lo claro es, que me gustan.
Me gusta regalárselas a ella .Siempre que voy a visitar a mis amigos y familiares está allí, siempre en el mismo sitio. Nunca la he hablado y creo que hasta que no llegue el momento oportuno no lo voy a hacer. Sólo me acerco, le dejo las flores a sus pies y me voy, sin volver la cabeza.
Nunca he sabido de dónde saco el valor para acercarme a ella y volverme sin intercambiar palabra y porque ella después de tantos años aún no me llama.
Por cosas así cojo mi botella y me siento en la terraza mientras observo como poco a poco cada uno de los pétalos de mis rosas van cayendo. Como sin quererlo mi reloj marca las doce.
¿Las doce? Es la hora. Han llamado al timbre, supongo que es ella que por fin se ha decidido y ha venido a buscarme.
-Me habéis ganado tú y mi enemigo el tiempo.
